CODA PARA UN SIMULACRO
Ángel L. Pérez Villén
El espectáculo debe continuar, los focos atentos a la escena, la mirada
cautiva de las argucias de la seducción, la experiencia extraviada
por la saturación de los sentidos que nos informan de lo que sucede,
la conciencia somnolienta y a punto de atrofiarse, sin embargo, el espectáculo
debe continuar... La vida sigue su curso y junto a ella discurre nuestra existencia,
la realidad inmediata nos pertenece en la misma medida en que seamos capaces
de aprehenderla, pero ¿tenemos tiempo para ello? ¿estamos dispuestos
a proyectar sobre el entorno? ¿sería éste sensible a
nuestra luz o la devolvería reflejada en clave de representación
autobiográfica? ¿es porosa la realidad o bruñida como
la piel de un espejo?. Tanta pregunta sin respuesta no demora el flujo del
tiempo y el ritmo de los acontecimientos indica que el espectáculo
debe continuar...
Si la vida es sueño y la vigilia nos impide deambular entre los pliegues
de la razón, aferrémonos al azar y probemos suerte en el gran
teatro del mundo, pasemos página y construyamos con la mirada el artificio
del arte, inventemos la realidad, usurpémosle su verosimilitud y simulemos
de manera consciente su autenticidad, porque el espectáculo debe continuar...
Si por el contrario la realidad supera la ficción, propiciemos una
representación de aquélla que reduplique sus efectos narcóticos;
si el discurso crítico ha menguado su recepción en el público,
abandonemos las ideologías y sumerjámonos en la sincronía
de la praxis; si la religión es el opio del pueblo, trastoquemos las
creencias por el consumo indiscriminado y compulsivo; si el sujeto se diluye
en el cuerpo social y éste en el Estado del Bienestar, arrojemos carnaza
a la arena y ¡Pan y Circo!, porque el espectáculo debe continuar...
La información que los media nos suministran de la realidad está
condicionada por el ejercicio de una licencia discursiva que discrimina entre
los supuestos que la configuran, otorgando credibilidad a la representación
que de ella se vierte en un espacio, en principio destinado a la reflexión
e incluso al cuestionamiento, pero inducido finalmente a admitir el alegato
de una sanción, que es cuando menos un sofisma y en cualquier caso
un simulacro; solapando la emergencia de contradicciones, erradicando la impostura
de una posible relectura en clave crítica y transformando la recepción
en una fábula espectacular. Se crea la ilusión del flâneur
entre los vestigios de la imagen, recomponiendo su sentido para instigar el
deseo de poseerla, de inducir en ella lo que proviene de su sentido común,
de sus arquetipos culturales o de su concepción holística del
mundo; pero como toda ilusión, se desvanece cuando penetramos en su
ámbito creyendo experimentar la virtualidad como si se tratase de algo
tangible.
El espectáculo debe continuar, lo aconseja ante todo nuestra disposición
a entrar en el juego. Aunque sabemos que las cartas están marcadas
no despreciamos la oportunidad de simular la derrota del pensamiento, de resistir
a la teoría y de asumir el nihilismo con tal de rechazar el silencio
de los corderos. Somos reacios a permanecer inmutables, preferimos introducirnos
en el edificio del lenguaje y dinamitar su núcleo performativo, por
ello nos enrolamos en cualquier empresa que persiga desenmascarar la representación
que de la realidad se efectua desde los dispositivos mediáticos instalados
en las redes que controlan la información. Contra ésta su reflejo
deconstruido en imagen fragmentaria y aparentemente inocua : un circo, unos
espectadores y la ficción de un discurso ocioso y jovial. El espectáculo
debe continuar... |