Desterritorios
Oscar Fernandez López

 

Tal vez sea un planteamiento reduccionista pero es inevitable creer que nuestra interrelación con la esfera pública se presenta cada vez más como un fenómeno de distancias cuantificadas en variables espacio-tiempo. De las que resulta una premonitoria estandarización, por un lado, de la velocidad como nuevo canon métrico y, por otro, del desplazamiento como modelo exclusivo de configuración de la experiencia topométrica reciente. Esta indisoluble unión del espacio y el tiempo defendida entre otros por Hagerstrand ha desvirtuado la hegemónica idoneidad del lugar como ubicación de los acontecimientos desplazando éstos hacia un proceso de des-anclaje (Giddens) en el que la especificidad de lo territorial entra en proceso de desaparición.

Dos de las tres series fotográficas que ahora presenta Tete Álvarez: “Desterritorios” y “Topometrías”, aluden directamente a esta aguda instrumentación de lo público, a su reducción a términos de mensurabilidad cartesiana como síntomas de una certeza que le persigue a lo largo de su etapa última, la del reconocimiento de lo público como escenario de intercambio simbólico pero, sobre todo, productivo.

Frente a esta nueva conciencia, que ejecuta una rutina de “temporalización” del espacio conducente a su disolución en pura virtualidad (metápolis), aparece en su obra última la vocación de desarrollar una “nueva cartografía cognitiva” (Jameson) aplicada a la experiencia urbana contemporánea. Pues sus imágenes, por más que resulten de una comprensión imaginaria de la realidad, jamás se apostan en el terreno de lo inmaterial. Siempre se interesan por la fuerza de erosión entre lo real y lo construido proponiendo, más allá de esa conciencia fácil de pérdida, la aportación de nuevas narraciones del fenómeno urbano y el establecimiento de nuevas coordenadas de un territorio alienado pero habitado aún.

Dentro de esta urbanización de la mercadería la competición es la única lógica aplicable y “Campos de juego”, su tercera serie, se nutre de esta condición agonística para franquear, una vez más, los lindes de la imagen. Pues surge como un doble juego lingüístico: el de la metáfora conceptualizada y el de su posterior visualización en los dominios de lo real.

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